La Casa de Oración es un lugar en el que, cualquiera que busque la oración la puede vivir y experimentar respondiendo a la invitación del Señor: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados y yo los aliviaré”.

Nació del deseo de algunos miembros de la comunidad de retirarse en una vida de oración y contemplación y se pudo realizar también gracias a las hermanas Clarisas de Valdragone que, en abril de 1988, pusieron a disposición una granja en las cercanas colinas de la República de San Marino.

El ritmo del día es marcado por la oración  expresada en sus distintas formas: la liturgia de las horas, la Santa Misa, la adoración, el rosario, la meditación de la Palabra de Dios, el silencio. Además, en la pequeña capilla al interior de la casa esta siempre presente Jesús Eucaristía.

La vida en la casa de oración puede ser determinada por el compartir directo con los últimos. Esto significa que cualquiera puede ir y retirarse en oración y meditación, ya que este es el fin de la Casa. Sin embargo, si llega un pobre, para poder rezar con él, hay que llevar juntos su carga de dificultades, problemas y cansancio. De esta manera la Casa de Oración llega a ser también una casa donde se comparte la vida con las personas marginadas. Ellos son los que llegan a ser el instrumento para enseñar a todos los huéspedes, sin ni siquiera hablar, la relación de entrega total al Padre.

Hoy en día la Comunidad tiene cerca de 12 casas de oración, muchas de ellas gestionadas por matrimonios o familias. Además de los momentos de oración, compatiblemente con las personas acogidas, se realizan pequeños trabajos de artesanía, cultivo de hortalizas y criaderos de pequeños animales. Se conduce una vida sencilla y esencial.

La Casa de Fraternidad es donde se hace visible y creíble la fraternidad como experiencia del amor hacia Dios dirigido a los hermanos. «Es el “gimnasio” en el que se experimenta el vaciamiento de sí para llenarse de Dios en el encuentro con el hermano, llegando a ser el centro de irradiación de la vida fraterna»

Como cualquier realidad comunitaria, la Casa de Fraternidad está abierta para la acogida de los pobres y de los últimos, porque «el que da el tono a la fraternidad vivida en la vocación son “nuestros ángeles crucificados”»

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